Uff. Hace tres semanas que no actualizo. La última vez fue justo cuando por fin supe que Oxford iba a ser el lugar. Oxford. Consecuencia de un cúmulo de circunstancias cruzadas y situaciones encontradas y/o desencontradas, según se mire. Si realmente existe el destino, éste es indudablemente el que me lleva a una ciudad desconocida y a la vez tan familiar por su nombre.

Destino. Jugó en su día con una ciudad de locuaz dinamismo al otro lado del charco, un rincón lleno de belleza salvaje en el mediterráneo y una capital de fascinante cosmopolismo. Y se decidió al fin por un lugar de conocida tradición universitaria cuyo indefinible magnetismo (“spirit of Oxford” según el “leaders manual”) hace que sus estudiantes sigan volviendo numerosas veces intentando recuperar este espíritu.

No creo que las cosas pasen por casualidad. Así que cuando veo que algo externo que no corresponde a la lógica de los acontecimientos parece determinar la dirección de mis pasos no puedo sino sentir una emoción de incierta naturaleza y preguntarme con recelosa curiosidad que será lo que he de encontrarme esta vez. De qué tono serán las situaciones a las que me he de enfrentar. Qué daños sufriré, que recompensas obtendré. Porque lo inquietante de todo esto es que casi siempre parece que el camino recorrido es inversamente proporcional al resto del trayecto. El año pasado descubrí que la inteligencia es un don y la pasión un instinto en una experiencia similar. Pero poco importó el lugar por qué esto lo leí en un libro. Y esto demuestra parte de mi incongruencia más absurda.

Un recuerdo. En Nicaragua hay un gran lago gigante en medio del país. Y a su vez hay una gran isla en el medio del lago. Se llama la isla de Ometepe. De alguna manera esta isla es mágica, tiene fuerza. Y tiene también dos volcanes. Uno es grande, el otro mediano. La naturaleza de la falda del volcán grande se corresponde a parajes similares a los que encuentras en el resto de la isla, exceptuando, supongo, al volcán mediano. Sin embargo conforme subes la vegetación y los sonidos van cambiando de color y forma hasta convertirse en algo abrupto y salvaje que va modificándose por etapas según vas avanzando en el ascenso. La variedad de la flora es indescriptible. Todo se va volviendo cada vez más inhóspito y desolador. Al final llegas a un paraje netamente volcánico y yermo con piedras calientes que humean si las mueves de su base y un imponente abismo a tus pies que se mezcla con las nubes. Lanzarte al vacío resulta una idea seductora por momentos. No se ve el fondo. Ni nada alrededor, todo es engullido por las nubes. Estás en el cielo. Todo es etéreo. Da la sensación de haber dejado el mundo y ver todo desde una perspectiva en la que todas las cosas resultan triviales y efímeras. En donde nada importa y todo es relativo. El vértigo pierde su significado.

Siempre pensé que subir a este volcán para asomarse a su cráter y vivir toda una vida hasta su desenlace tiene algo de similar. Ciertamente podría ser una metáfora de la experiencia humana. Pero alguien dijo que las metáforas pueden ser peligrosas en ciertas ocasiones. Con las metáforas no se juega.

Mañana me depara un día de los que se no se olvidan fácilmente. Volaré a Barcelona. Allí recogeré a los niños con los que viajo. Y de allí a Londres. Hasta aquí llega lo que acierto a predecir. El resto tendré que descubrirlo según vaya sucediendo.

Creedme que intento superar estos rollos introspectivos a la hora de actualizar estas tontadas. Pero al final siempre olvido casi intencionadamente que alguien se toma el esfuerzo de leer lo que escribo.

PD: Para correr este estúpido velo de pseudometafisica barata y volver a lo mundano y banal del asunto pero no por ello menos interesante diré que estoy deseando de llegar, hacer amigos, hablar inglés, moverme por ahi con los niños y todo lo que vaya surgiendo en cada momento. Y siendo sinceros, cuantas menos responsabilidades añadidas, mejor. Pero por lo visto hay inundaciones y no para de llover...que sino el mio.